Cuando llegué a esta tierra... me impresionaba mucho ver gente tan distinta, no estaba acostumbrada a la pluralidad racial, tan diversificada. Me daban ganas de preguntar más de una vez... ¿Tú de donde eres? Pensando que tal vez sería genial poder compartir. Al paso de los meses me doy cuenta que mi pregunta en principio y sin mala intención podría ser incómoda o incluso incorrecta.
¿Qué me va a contestar una mujer de origen chino o guatemalteco, que ha sido adoptada desde pequeña? ¿Qué significará mi pregunta para un hijo de padres de distinta "raza"? ¿Qué me va a contestar un inmigrante que acaba de conseguir legalizar su situación? ¿Qué voy a provocar con mi pregunta? Ahora se que las posibles reacciones a mi pregunta quizás no sean muy parecidas a lo que imaginé en un inicio.
Alguna vez lo pregunté... el país de origen resultó ser Cuba, yo me alegré. No obtuve ningún gesto de complicidad por ser latinoamericana... ese día aprendí que los prejuicios culturales son distintos para cada país, muy distintos y por doloroso que esto sea, algunas personas desearían no ser identificadas.
A fin de cuentas algunos/as, por su físico, se salvaban siempre de mi pregunta, y eso también me lleva por un camino posiblemente equivocado.
lunes, 1 de marzo de 2010
viernes, 26 de febrero de 2010
Santuarios
La palabras sagrado, santuario, son palabras que uso con sumo cuidado, pero también me he resistido a dejarlas de lado. Me gustan porque me recuerdan a esas cosas que valoro, que amo... a esos lugares que tienen ese poder de hacerme vivir instantes inolvidables. No me gustan porque mucho tiempo las hemos utilizado para decir que "todo lo demás" tiene menos valor.
¿Cómo superar esa falsa oposición? ¿Decir que algo es sagrado para mi, implica decir que es absoluto, y por lo tanto que otros "sagrados" no lo son de verdad?
Hoy encontré dos pistas para el dilema del universalismo en el libro de U. Beck (1997). "Queda también la posibilidad de que exista mi universalismo y tu universalismo ". Esto implica limitar mi propio santuario, al pasar por los santuarios de los demás.
El mismo nos propone retomar la obra de teatro de Natán el Sabio de Lessing... la parte que me parece genial es el cuento del anillo: un padre debe dar a su hijo preferido el anillo que hace capaz de ser virtuoso a los ojos de Dios y de los hombres, este anillo pasa de generación hasta que un padre de tres hijos decide darle en secreto a cada uno un anillo igual. Todo bien... hasta que muere el padre y cada uno quiere tener el "anillo verdadero".
¿Qué hacer? ¿Buscar el auténtico? ¿Es posible? ¿Los nuevos anillos valen menos que el primero?
No pude evitar recordar estos anillos:
Sobre la obra de teatro citada.
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